Historia de un sueño roto

Autora: Aida Rebull

La melena enredada en la almohada, un reguero de cabellos enmarañados que le cubrían la cara morena y serena, rubricada por las puntillas de las sábanas. Los labios resecos del letargo, las pestañas apiñadas por el sueño roto recién saqueado y el camisón hecho jirones, un desorden de pliegos de algodón apiñados en las rodillas.

Entre penumbras se descubrió con los ojos almendrados, llorosos y cristalinos, abiertos ante el espejo de cuerpo entero que cubría toda la pared. Estiró sus huesos y sus músculos, liberándolos, en un pequeño crujido, del repliego horizontal de su cama. Mientras, el gato pasó por el tejado de puntillas, para no molestar, pero el filamento de carbono ya empezaba a arder y poco a poco pasó al amarillo más absoluto; el calor incandescente de sus venas aumentaba su tensión. Se desperezaba la bombilla a media noche a causa del desvelo de su propietaria y se mantuvo despierta durante varias horas, acompañándola en sus andares perdidos por la habitación.

Se recogió la mata de pelo en una cinta y se rascó la nuca somnolienta; un acto reflejo natural que siempre le provocaba un bostezo sordo. Abrió la boca, exhibiéndola al interior de la geometría neutra de sus paredes blancas, desarropadas de cualquier ornamento. Buscó la manta, la enrolló sobre sus hombros descubiertos, se sentó en la mecedora y se abandonó al placer de la contemplación.

La noche abierta, oscura, estrellada, que esconde secretos y murmullos recónditos, destilaba un sosiego que ella quiso recoger en su tazón de tila. La noche silenciosa, rotunda y vacía, rota por el chirrío del balanceo de roble, por los zambombazos de las entrañas de la joven. La noche fría. Los tendales de los vecinos lucían hieráticos, con la ropa acartonada por la humedad, camisas de seda irisadas, centelleantes por las gotas de rocío. La noche desafiante ante el agotamiento, el sopor, creadora de zozobras internas.

Con la mecedora todavía inmersa en su juego pendular y la negrura, finalmente, dejó llevar el peso del adormecimiento por su cuerpo, cerró su mente sin rencor al insomnio y se derrumbó por el hueco profundo del sueño, el letargo temporal, ese estado de inconsciencia de la soledad nocturna.

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9 Respuestas a “Historia de un sueño roto

  1. Al clarear del último día, no se reflejó absolutamente nada. Todos los vicios se esfumaron, se disiparon, y lo banal y trivial se apagó sin gloria alguna. Su sueño y su dormitar llegaron a término y nada los pudo rescatar del olvido. Ese día, un instante antes de la desaparición absoluta, su aún palpitante mente tuvo que admitir que, en realidad, nunca había existido. (Béatrice, fragmento, en Treinta días para noviembre, Noviembre y póstumos conexos, Julio Santizo Coronado)

    • La fotografía es mucha más cercana; nada más lejos que desde la terraza de mi casa. Todavía no he podido ir a Cuba pero seguro que algún día viajaré por ella

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