Antigualla

Cámara antigua de fuelle

Su cuerpo de fuelle, zigzagueante, dormido.

Y al despertar se desplegó desde sus adentros, desde el mismo ombligo. Descomprimió sus brazos, prensados contra su propio cuerpo. Se deshizo del sopor de sus piernas. Se desenrolló de la crisálida nocturna y se desperezó. Hizo crujir los huesos, el esternón y la nuca. Chirriaron sus pulmones bajo el camisón. Oyó los chasquidos de su materia interior; cansada, cascada y sonó como la tecla desafinada de un piano.

Y es que ya no se sentía ni viejo, era más que una antigualla, una figura de porcelana que sólo aspira a esperar detrás del cristal de una vitrina a su muerte. Un objeto de anticuario, desgajado por el uso y por el tiempo.

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